Bosque-Un cuento

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–Señora ¿Porqué ha dejado crecer un árbol tan grande adentro de su casa? ¡Mire nada más los destrozos que han hecho los pedazos de su techo en mi jardín!… –Eso era lo último que había escuchado, aprovechó la distracción de la señora para dirigir su atención al río. El sol brillaba y pensó que si se metía al agua no sentiría frío. Algo pasó, lo que hizo ya no era divertido, mejor se hubiera quedado tranquilo. No podía parar, tenía que caminar, encontrar un sitio que le hiciera sentir alivio.
Se había cansado de la ceguera, le ardía en las piernas el no poder mirar, se le doblaban al caminar. No supo si era noche o día cuando decidió no parar de llorar. Se sentó en un rincón, ya no sabía si era la sala o la cocina, sólo pudo caminar tres pasos para desplomarse y llorar.
Un calor húmedo quemaba sus mejillas, pensaba vaciarse hasta que no le quedara ya calor. Y después de un día pensó abrir un hoyo en el suelo, tal vez en el corazón de la tierra hallaría consuelo.
Así, con cada gemido se iba hundiendo; tres horas de brazadas y calculaba un metro más, no descansaba, aún había mucho que cavar, aún había mucho que llorar. Pero luego, tanta humedad le recordaba lo mucho que le había gustado el agua. Nunca supo nadar, a él, le gustaba flotar en el agua junto a las hojas que caían del árbol. Se creía estar reflejando el sol. Miraba el agua, miraba las hojas, miraba el brillo blanco del sol; él mismo se creía blanco de reflejar tanto sol, abrió la boca, abrió los ojos… Pero, ¿Es que no le habían dicho que podía quedar ciego por mirar el sol?
Un ardor, mil gritos de dolor, llegó a la orilla…
El niño no podía dejar de llorar mientras se hundía…
Los gritos de mamá acompañaban a los suyos, el niño huía, no quería que mamá viera que no atender a su advertencia le había quitado la vista.
Pero mamá estaba afuera, el niño quería llegar al centro de la tierra antes que mamá volviera. No sabía cuánto tiempo había pasado ya, sentía que había llegado tan profundo que, si hubiera vuelto mamá pendiente de las noticias de afuera, no le escucharía llorar.
El niño seguía cavando, sentía que ahora sí se estaba secando. Sus brazos entumidos se sentían como palos, pero no dejaban de cavar. Hundió la cabeza y hundió los pies. Ya casi se secaba. Quiso meterse en la tierra todo entero de una buena vez.
De pronto, algo tibio le hizo sentir tranquilo, dejó que llegara a su torso, se decidió a abrir los ojos. En la tierra había hallado el consuelo querido. Volvió a sentirse blanco de brillo… ¿En qué extraño trance se había metido?
Los árboles no duermen, él tenía el deber de vigilar al niño… –¡Si no hubiera sido por lo blanco del río!… –Cuando terminó de regarlo, la señora le dijo –¡Después de tantos días, casi se nos muere pero ya se ha salvado mi hijo!
Por encima del techo pudo verlo jugar tranquilo. El árbol le quería; por sus lágrimas había podido crecer entre las paredes de la casa del niño, ¿Por qué no pudo decirle que era peligroso jugar junto al río?

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